Estuve ahí, no, no me lo contaron las redes sociales.

Estuve ahí, no, no me lo contaron las redes sociales.

Me han llamado “machista” por decir que los hombres no son malos, por decir que me indigna ver a Bellas Artes rayado o las calles de la ciudad destrozadas, por darle el suéter a mi novia en una noche de helada, o por abrirle la puerta del coche, nunca digo nada, nunca he peleado por mi libertad de ser, siempre ejerzo mi libre pensamiento, pero hoy estuve ahí, no podía quedarme en casa y deben saber algo me vuelve a encabronar ver Bellas Artes, el Ángel, el Monumento a la Revolución pintados y dañados, me enoja ver restaurantes parados y teniendo que afectar a familias.

Así es, estando ahí hoy repito, me encabrona, y no, no te equivoques, no me enoja porque valga más eso que la vida de quienes hoy son expedientes olvidados, de las que no sabemos ni siquiera dónde están, no me encabrona porque salimos a la calle a gritar, me encabrona porque nuevamente sofocaron el grito de todas las mujeres a golpe de mazo, en hachazo limpio, taparon la estampa de las mujeres que salieron por ti, por mi, por ella, por la que mataron, por la que se sigue buscando con esperanza, por la sobajada, por la violada, por la violentada, por todas, otra vez a tinta de aerosol taparon ese grito desgarrador.

Un silencio profundo y pesado que corto la dicha de vernos unas a otras reunidas, tomando las manos de ella, quién era no lo sabías, pero sabías que estabas con ella y su pensar, ese aire se cortó en un instante con la llegada de no más de 100 encapuchadas, organizadas casi en orden militar, sé de lo que hablo, estuve en un campamento militarizado de pequeña, funcionaban como reloj, destruir “su misión”, todas se alejaron de ellas como si con ello pudieran repeler su presencia.

Ahí al pie del Monumento a la Revolución, justo desde el comienzo, ellas sabían que tenían que intimidar, que romper, atacar, destruir, quemar, hacer arder la marcha para con ello acallar las voces de miles de mujeres, pero el miedo ya no paraliza a nadie, así que las más de 100 mil almas, mexicanas, chilenas, venezolanas, colombianas, de Sonora, de Coahuila, mujeres todas siguieron caminando, ahora sin guardar silencio, firmes a sus consignas, pero ahora gritando también “LA VIOLENCIA NO NOS REPRESENTA”,  marcando la línea entre ellas y todas.

¿Cuánto es el precio de lo que estás destruyendo? Y no, no hablo de los monumentos, hablo de la defensa a la mujer, de tu paga por intentar quemar en nombre de otros a ellas a las que están levantando la voz, también por ti, porque debajo de esa capucha y pasado el día volverás a ser mujer, ¿dormirás por la noche tranquila? Eso pensaba mientras veía a los ojos la mirada rabiosa de esa mujer con capucha naranja, cómo podría hacerlo si pinto, insultó, golpeó y hasta quemó a mujeres, a nuestras mujeres, si porque esas policías también son como mujeres y se mantuvieron ahí firmes ante ti, que vendiste tu seguridad y quizá tu paz.

Cierro los ojos y escuchó ese instante, un estallido, mi inercia me hizo correr al origen el ruido, de ese estallido, chocando contra quienes corrían en sentido contrario, lo que veía me helaba, tres grupos de mujeres, policías formando una muralla sobre eje central, al frente restos de la bomba molotov, las fotógrafas ahí tomando la historia, al centro ellas otra vez, las mimas podría reconocer cada capucha, cada mirada muerta, organizándose para atacar a las policías, pero las demás derrumbaron esa pared que puso “el presidente” para proteger el Zócalo y detener su paso, lamento decirle señor López Obrador, que no ni sus soldados del mal, ni sus barricadas iban a detener a las mujeres, siguieron su camino sin parar.

5 de mayo era una estampa que sigo sin comprender por qué no está en las noticias, al centro cobre la calle, las mujeres que clamaban justicia, que se gritaban “YO SÍ TE CREO”, que se abrazaban, que exigían que no sigan creciendo los nombres de mujeres en listas de desaparecidos, que ser mujer no sea una cuestión de permisos, que sea algo que fluye libre, a las laterales ellas las que parecía que como instrucción destruir todo a su paso, insultar, escupir, golpear indiscriminadamente a marchistas y policías.

Fueron las mujeres del centro las que gritaban cada vez más fuerte “LA VIOLENCIA NO NOS REPRESENTA”, sin frenar su paso, limpiando heridas, compartiendo agua para regresar la vista a las que el gas pimienta sofocó.

En Zócalo, TODAS las que se representan, las nos representan frente a templete, dando voz a las víctimas, a las familias que siguen con ausencias irreparables, dando la espalda a Palacio Nacional, viéndose a los ojos, clamando justicia, cantando, apoyando.

Detrás de ellas, ellas las que incendian, a las que les pagaría el doble por salvar su alma, una explosión, si esa que quemó a una mujer, mujer que protegieron con una manta y curaron, tres veces intente grabarlas, tres veces regrese con una mujer cegada por el gas, golpeada sin piedad, mi agua limpió la cara de esa policía que con cara incrédula se protegía de la pintura roja, de los palos, las botellas, de su orden de ataque, lo capte ese momento en el que ellas arremolinaban todo, mientras eso pasaba a mis espaldas el grito de “yo si te creo” retumbaba de nuevo.

Así que si, estoy encabronada por ver las calles de mi ciudad querida destrozada, porque sea quien sea, sea cual sea la razón de quienes ordenan esta destrucción que nos mata, que nos asfixia, que nos revictimiza, que nos trata de demostrar que son más fuertes los otros que nosotras, me encabrona, me duele, me duele ver como ellas atraparon tu atención, la de mis colegas, la de todos, y las otras 100 mil almas volvieron a casa, confiando haber movido una fibra de la indiferencia y despertaron leyendo, viendo, escuchando las noticias que se regalaron también a esas personas que detrás de una capucha esconden su mirada vacía, sus ojos de alma vendida.

Yo estuve ahí, nadie me lo contó, y repito me enardece más que antes, más que ayer, más que nunca.